Hablar de Brasilia es hablar de una de las ciudades del mundo con mayor crecimiento urbano, crecimiento que ha generado la edificación de obras arquitectónicas donde los ojos del mundo se han posado desde entonces.

Brasília, 08 de abril de 2013.                       FAQUINI                       Foto: Ademir Rodrigues
Brasília, 08 de abril de 2013. FAQUINI Foto: Ademir Rodrigues

Capital de Brasil, localizada en la parte central del país, evolucionó de tal forma en materia inmobiliaria que me parece importante dejar en claro que a pesar de que su edificación surgió con las promesas populistas de Juscelino Kubitschek para ganar la presidencia de su país en 1956, y a pesar de que su construcción fue la consecuencia de un alarde presuntuoso por mostrar la capacidad arquitectónica brasileña, también respondió a una voluntad generalizada por parte de la ciudadanía, voluntad que se planteó desde la época colonial por trasladar la capital federal de la costa al interior del país, en aras de poblar un espacio donde el desarrollo económico, político y social sería más efectivo para la nación.

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Y detrás de este gran proyecto estuvo una de las duplas más prominentes del último siglo: Lúcio Costa, arquitecto urbanista responsable del proyecto y encargado del diseño general de Brasilia, y Oscar Niemeyer, arquitecto a quien debemos el planeamiento y la creación de los edificios más bellos y funcionales de este lugar.

Ahora pensemos en lo que significó para la posteridad, en el ramo arquitectónico, el logro de este equipo: en tan sólo cinco años ambos colegas lograron edificar de la nada, en un terreno desértico, inhóspito, con las inclemencias propias que el territorio amazónico conlleva en sí mismo, una de las ciudades más modernas aún al día de hoy, a tal punto que después de 50 años de su culminación sigue posicionada en la élite del mundo cosmopolita. Es decir que tanto Costa como Niemeyer consiguieron plasmar un sueño que muchos arquitectos deben poseer, pero que muy pocos pueden jactarse de haber alcanzado, quizá sólo ellos dos: erigir un complejo que dure y asombre por centurias enteras.

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Ahora situémonos, para tener una idea bastante somera de la magnitud que posee Brasilia, en el punto más elevado de los dos ejes principales que la cruzan igual que alas de un avión, desde el que se goza una incomparable vista del centro de esta urbe. Desde ahí podremos observar la Plaza de los Tres Poderes, el Panteón de la Patria, el Palacio de Planalto, las cúpulas de la Cámara de los Diputados, la Catedral Metropolitana, el Templo da Boa Vontade (Templo de la Buena Voluntad), el Santuario Don Bosco, el Puente JK ―nombrado así en honor a Juscelino Kubitschek― y muchas otras maravillas de concreto que asombran a todo aquel con la suficiente suerte de poder contemplarlas.

Abraham Cababie Daniel

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